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Libro I. De cómo sobrevivir en las alcantarillas 2zxruw5

“La diferencia entre un veneno,
una medicina y un narcótico
es sólo la dosis”
.—Albert Hofmann

PRÓLOGO

No era la primera vez que visitaba Toxidra  City, un barrio pobre y plagado de viejos edificios oscuros e insalubres; una ciudadela fantasmal y gris, de calles angostas y miserables. En aquellos días, si cabe, la situación estaba incluso mucho más deteriorada de lo que recordaba. Mis ansias de inspiración me invitaron a interpretar la extraña cadena de peculiares sucesos que últimamente acontecían allí y antes de darme cuenta ya me encontraba merodeando entre enfermos adoquines en pos de aventuras. Todo lo que veía o descubría en aquella ciudad era entendido por mi cerebro como pistas sin sentido que debía seguir para resolver alguna clase de misterio que no lograba comprender. Luces sin dueño, sonidos en el horizonte, olores desconocido, todo lo que allí existía resultaba una antesala a la imaginación que luchaba por despertar.

CAPÍTULO I


Me adentré en los jardines siguiendo el rastro de las luces que veía brillar entre los laberintos de setos, reflejos que podrían venir de cualquier lugar de la espesura. Las hojas humedecidas por la neblina se transformaban en un abanico de espejismos indescifrable. El sonido de mis propias pisadas se había convertido ahora en un angustioso reclamo hacia mí mismo. Por fin, inspiré profundamente y procuré recordarme mi propósito: no iba a abandonar aquella ciudad hasta conseguir el final que necesitaba para mi nueva novela.

Unos segundos más tarde, el primer crujido a mis espaldas me advirtió de la proximidad de alguien. O algo.

Me oculté entre la maleza. Las puntas afiladas de los arbustos arañaban como alfileres. Contuve la respiración y recé para que quien fuera que se estaba acercando no oyera el martilleo de mi corazón como yo lo oía en aquel momento. Al poco, las luces parpadeantes que había avistado a lo lejos se abrieron camino entre los resquicios de la maleza, transformando la neblina flotante en un aliento rojizo.

Se escuchaban pasos al otro lado de los arbustos. Cerré los ojos, inmóvil como una estatua. Las pisadas se detuvieron. Sentí la falta de oxígeno, pero, por lo que a mi respectaba, podía pasarme los próximos diez años sin respirar. Finalmente, cuando creía que mis pulmones iban a estallar, dos manos apartaron las ramas de los arbustos que me ocultaban. Mis rodillas se transformaron en gelatina. La luz de un farol cegó mis pupilas. Tras un intervalo que se me hizo infinito, el extraño posó el farol sobre el suelo y se arrodilló frente a mí. Un rostro vagamente familiar brillaba a mi lado, pero el pánico me impedía reconocerlo. El extraño sonrió.

—Señor Tomizawa, es mi deber recordarle que es peligroso andar por ahí en la oscuridad. Hace días que tengo la impresión de que alguien merodea por las cloacas. —dijo la voz, serena y amable.

—Es usted un correveidiles, agente. —Reconocí al instante la voz del oficial jefe de Toxidra City. —Ya sabe que no pretendo causar molestia alguna. Desde que me echaron del gimnasio de Tenebris Town por desatender mis obligaciones sólo soy un humilde novelista en busca de algo de inspiración para vestir mi prosa.

—No me venga con cuentos, muy señor mío, que nos conocemos. Novelista o juglar no está permitido deambular por los parques de la ciudad a estas horas de la madrugada.

—Todo literato que se precie tiene sus fetiches emocionales. Los misterios son, para un amateur de las letras como servidor, una inyección de endorfinas —Casi por instinto acabé enciéndome un cigarrillo y ofreciéndole otro a mi interlocutor. —Acaba de comentar algo sobre las cloacas, cuénteme más.

—Desde que reabrieron el gimnasio todo está patas arriba. Los entrenadores que llegan a la ciudad acaban marchándose despavoridos; los pokémon salvajes están nerviosos y los índices de delincuencia están más altos que nunca. No sé qué se cuece en ese antro de mala muerte, pero el gimnasio no está trayendo más que problemas a nuestro pueblo. —Continuó su relato entre caladas y vaivenes de su cuello. Negaba con la cabeza mientras se sinceraba, como queriendo rechazar una realidad que los ciudadanos a los que debía proteger empezaban a sufrir cada día. —Haría bien en alejarse de ese lugar tan macabro.

—Descuide, lo último que se me ocurriría es pasarme por... —Arqueé una ceja, simulando haber olvidado algo importante.

—La vieja escuela de Toxidra City, es allí donde está el gimnasio.

—¡Cierto! No pondré un pie en la vieja escuela de Toxidra City. Téngalo por seguro. —Intenté reprimir una sonrisa y, tan pronto como el oficial se marchó, puse rumbo al colegio abandonado.

CAPÍTULO II

A mis ojos, la escuela no era más que un antiguo caserón abandonado a través de cuya techumbre quebrada podía contemplarse el cielo sembrado de estrellas, y entre cuyas sombras sinuosas afloraban los restos de gárgolas, columnas y relieves, vestigios de lo que algún día debía de haberse alzado como un señorial colegio mayor de piedra, fugado de entre las páginas de un cuento de hadas.

Crucé el jardín a través de un estrecho túnel practicado entre la maleza que conducía directamente a la entrada principal del colegio. Una ligera brisa agitaba las hojas de los arbustos y silbaba entre las arcadas de piedra.

Me volví y contemplé aquella desastrosa estructura exhibiendo una sonrisa de oreja a oreja. —¿Qué te parece, Gen? —Pregunté, visiblemente orgulloso.

Gengar, que había decidido acompañarme en aquella aventura, dejó escapar una carcajada nerviosa al sentir el aroma a ponzoña que emanaba de las estoicas paredes. Si bien aquel recinto difícilmente podría resultarle agradable a los humanos, parecía un lugar ideal para que los pokémon fantasma y veneno camparan a sus anchas; y es que, entre ruinas y recuerdos, aquel sitio desprendía un aura de tétrica ilusión que sólo pervive en aquellos capaces de apreciarla.

—No te emociones demasiado, feo, hemos venido a pelear. Tengo la sensación de que librar un combate aquí me aportará la inspiración que ando buscando. —Compartí una mirada cómplice con mi pokémon y ambos nos adentramos en la noche del gimnasio, adivinando caminos entre las sombras hasta alcanzar lo que parecía ser el hall central del edificio.

Un haz de luz evanescente parpadeaba lentamente desde el estrecho ventanal anguloso y proyectaba mil sombras danzantes sobre los muros y la techumbre de la sala. En la cúspide del salón, una manada de Koffing dormidos se encontraba levitando y expulsando atmósferas de gases tóxicos que perfumaban la estancia con un particular olor a carne podrida, humo y menta. —Mierda, aquí huele a infierno. —No pude evitar toser ante la contaminación. Gengar frunció el seño compungido, hasta los fantasmas se sentían amenazados por aquel hedor de ultratumba.

—Será mejor que encontremos el campo de batalla antes de que la polución acabe con nostros. —Cruzamos la sala y alcanzamos unas escaleras cuidadosamente disimuladas entre viejas estanterías y vigas derruidas. Coronando las escaleras, un cartel de contrachapado indicaba que el verdadero gimnasio se encontraba descendiendo por allí.

Peldaño a peldaño bajamos hasta llegar a...¡¿Las alcantarillas?!
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¡Aprobado!

Hall of Doom
¡Has encontrado una de las entradas secretas! ¿Las has tenido fácil no? Deja que la oscuridad te engulle y el olor a muerto te revuelva el estomago, hay algo más en las acalntarillas que solo agua estancada. El camino es demasiado largo, pareciera que jamás terminará, y justo cuando parece que no hay forma de avanzar, en ese momento en que los desperdicios bajo tus pies son demasiados como para continuar encuentras que hay más de una vía que tomar; el olor a carné podrida es cada vez más fuerte.

"¡Ayuda! ¡Ayuda... oh por favor!
Alguien... que  sea...
¿Nos ayudará...? ¿Me salvará?"

¿Puedes escuchar eso? Los llantos ahogados, los susurros que piden por ayuda, las voces aterradas a los lejos, los cuerpos de varias mujeres se retuercen como gusanos al intentar librarse de cadenas y sogas, algunas con poca ropa, demasiado rasgada para cubrir algo, otras simplemente desnudas, pero cada una esta en peor estado que la anterior, heridas punzantes, falta de miembros, incluso hay algunos cadáveres ya en descomposición, y todas ellas con los ojos vendados. ¿Y que demonios es esto? ¿Una película de terror? ¿¡Cómo es siquiera posible!?

Ayudar o dejar a su suerte a estas mujeres esta a tu elección, más el tiempo de algunas es muy corto, es imposible salvarlas a todas, ¿sabes? Tampoco es recomendable quedarse en el mismo lugar por mucho tiempo.

Si has decidido obrar por el camino del bien, ¡felicidades, te has metido en un lío! Ninguna de las presentes vio el rostro de su atacante, pero todas afirman que es una de ellas, algunas dicen haber visto algún tono de cabello, piel, algo característico en la persona que les atacó, en fin, la desesperación las llevo a culparse las unas a otras y no importa a quien liberes, siempre tratarán de matar a otras. ¿En verdad al una victimaria estará entre las jóvenes? A fin de cuentas todas juran no haber hecho nada... ¡pero es un todas contra todas!

Deberás relatar lo ocurrido en un post de al menos 30 líneas en donde expliques como te topaste con aquella "situación" y como lidiaste con la paranoia colectiva, además se deben obtener 15 puntos de concurso para calmar los nervios de las demás, tirando ahora un dado con sencillos post de 12 líneas en donde expliques como lograste calmar a las desesperadas mujeres.

En caso de hacer la vista gorda y pasar de largo no se necesitará lanzar dados de concurso.


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Capítulo III

Quietud y silencio; Gengar y yo descendimos hasta las cloacas y deambulamos por el lúgubre subsuelo de Toxidra City en busca del campo de batalla. Llegamos hasta lo que parecía ser un estanque de hediondos vestigios líquidos y semisólidos; allí las aguas tenían una tonalidad azafranada y lívida. No fluían hacia delante, sino que palpitaban entre escombros bajo el  techo de mohosos adoquines, por y para siempre, con un movimiento tumultuoso y convulso.

A medida que avanzaba la noche, los tímidos rayos de luna que se colaban en las alcantarillas empezaron a menguar, sumiendo aquel lugar en la más fétida de las oscuridades. Alicaído y con el corazón en un puño, seguí avanzando casi a tientas en la noche de aquel lugar sin cielo, buscaba una señal, una pista que me indicara si el camino que mi compañero y yo estábamos siguiendo era el correcto. —Esto no hay quien lo soporte, aquí lleva acumulándose mierda, por lo menos, desde el Pleistoceno —.El perfil de una sonrisa macabra se dibujó en la negrura, Gengar, que gracias a sus características venenosas era parcialmente inmune al hedor, encontró jocoso el hecho de que su entrenador estuviera a punto de arrancarse voluntariamente la nariz. —Capullo —.Avanzamos.

UN CAPÍTULO QUE NO ESCRIBÍ

Estimado lector,

Rezan los estudiosos del Budismo que son cinco los venenos de la mente. A saber: el apego, la ira, la ignorancia, el orgullo y los celos. Lo que pasó a continuación no es fruto de la voluntad deliberada sino de una mente emponzoñada; si bien es cierto que desde ese día he descubierto razones para creer que la causa de lo que ocurrió estaba mucho más enraizada en las profundidades de la naturaleza humana y giraba en torno a un eje más noble que el principio del odio.

Por favor, no sigas leyendo.


Comenzaba a sentir un aborrecimiento mortal por aquel lugar, empezaba a aburrirme del asco y de las sombras; poco a poco me acostumbre a la pestilencia y a la oscuridad. Me descubrí charlando con normalidad con mi pokémon; hablábamos de experiencias pasadas, del tiempo que hacía que no disfrutábamos un combate en condiciones y de lo agradable que sería visitar a la familia en Tenebris Town. Las transiciones de uno a otro tema, por asombrosas que fueran en su variedad y alcance, resultaban tan pausadas y oníricas como un bostezo. Me sorprendí disfrutando de un agradable paseo por las alcantarillas rumbo a donde la mente se mezcla con la niebla.

Llegué a un punto en la conversación en el que no obtuve respuesta. Miré a los lados y Gengar ya no estaba conmigo. No le di importancia, en esos momentos sentía como si me hubieran desinflado de cualquier atisbo de tensión. Caminaba por inercia, sin conciencia del tiempo, sin pensar en nada.

Con la impetuosa furia de un golpe de viento que arremete contra los postigos abriéndolos de par en par, un grito de socorro rompió la monotonía del silencio. Yo, que hasta entonces había sido por naturaleza de corazón indómito y enardecido, me dejé guiar por la voz de auxilio. Como pisadas en la nieve, los clamores dibujaban en el viento el camino que yo recorrí con pausada expectación.

No pestañeaba, y si me hubieran colocado un espejo delante me hubiera devuelto la mirada un hombre de rostro pálido, de facciones desganadas, de barba incipiente y de cabellos desaliñados. No era consciente del tiempo que había pasado vagando por allí, sin sol, sin comer y bebiendo aquella agua esmeralda a la que, por alguna extraña razón, empezaba a cogerle un curioso apego.

Caminé despacio, jugaba a mezclar el ritmo de los llantos, que cada vez intuía más cercanos, con el de mis pisadas. Vacilé a chapotear con los estanques grisáceos que emergían de los pasadizos y, finalmente, di con la fuente de aquellos gritos.

Yacidos como asquerosas sanguijuelas, cuatro cuerpos femeninos se retorcían entre la mugre, estaban exhaustas de puro ahíto. Al lado de ellas, otros dos cuerpos inertes se descomponían entre bocados de Rattata y peste. Alguna percepción instintiva me hizo entender que estaban sufriendo. Tenían los ojos vendados y los cuerpos amordazados por cuerdas y cadenas oxidadas. La penumbra de la sala y el estado de sus magulladas anatomías me impedía diferenciar con claridad el contorno de cada una; sin embargo, la que estaba más próxima a mí había conseguido librarse de su mordaza de hierro y era ella quien profería los chillidos que me habían traído.

«Qué vergüenza, hace mucho que no hablo con otras personas».Moví los labios mientras pensaba, evitaba hacer ningún ruido que advirtiera a aquella mujer de mi presencia. Ella se encontraba cubierta con harapos mojados que, más allá de las costuras, se aferraban a su piel como húmedas estampas de algodón. En algún momento debió notarme, se agitó nerviosa en aquel escenario de visión inaccesible a la palabra o el pensamiento, describía una imagen teñida de sangre y sudor que haría pedazos para siempre la mente de quien la presenciara. —¿Cómo te llamas? —Le susurré al oído con una voz que ni yo mismo conseguí reconocer.

La chica movía la cabeza a un lado y a otro, no podía verme pero parecía haberse dado cuenta de que, a parte de sus compañeras, no estaba sola. Gritó algo que no logré entender. —Daniella es un nombre bonito para ti, ¿te gustaría llamarte Daniella? —Sin darle tiempo a responder retiré la venda de sus ojos, descubrí una mirada de terror abyecto que desembocó en un torrente de lágrimas. Aquella reacción me divirtió y a penas pude reprimir una carcajada aviesa. —No tengas miedo, Daniela —.

En su cuello, bajo la oreja, había una pequeña pústula inflamada de la que salía una delgada línea de sangre que llegaba hasta su pómulo.
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